Cuando pensamos en los héroes de nuestra Patria, la mente suele viajar hacia los libros de historia del siglo XIX, imaginando próceres de bronce inalcanzables. Sin embargo, la historia reciente del Conurbano Sur nos demuestra que los verdaderos próceres caminaron por nuestras mismas veredas, compraron en los mismos almacenes barriales y respiraron el mismo aire arbolado de Lomas de Zamora.
El conflicto bélico del Atlántico Sur en 1982 sacudió a toda la Argentina. Entre los miles de jóvenes militares y conscriptos que partieron hacia las heladas islas para defender nuestra soberanía nacional, se encontraban dos vecinos del distrito cuyas historias personales de amor, pasión y sacrificio extremo nos estrujan el corazón.
El vuelo a la eternidad del Capitán García Cuerva

Gustavo Argentino García Cuerva no era un vecino más. Tras una niñez nómade por varias provincias del país, su familia se estableció definitivamente en la localidad de Llavallol en 1960. De pequeño, su mirada ya estaba clavada en el cielo: solía armar paneles de instrumentos de avión usando tapitas de gaseosa bajo la sombra de los árboles de su casa.
Tras cursar sus estudios secundarios en el histórico colegio Manuel Belgrano de Temperley, Gustavo transformó aquel juego infantil en realidad al convertirse en un prestigioso piloto de caza de la Fuerza Aérea. Casado con Liliana y padre de tres hijos, lo recuerdan en el barrio como un tipo profundamente generoso; de los que repartía la poca comida que sobraba en la base militar a los más necesitados y que, aún volviendo exhausto tras horas de maniobras extremas, siempre tenía energía para salir a jugar al fútbol con su hijo.
Pero el destino lo citó el trágico 1° de Mayo de 1982. A los mandos de su nave supersónica Mirage (matrícula I-015), participó de un brutal combate aéreo contra los bombarderos ingleses. Tras quedarse sin combustible en medio de las peligrosas maniobras para evitar al enemigo, le ordenó heroicamente a su compañero que se eyectara para salvarse e intentó un aterrizaje de emergencia extrema en Puerto Argentino. Fatalmente, y a causa del caos en las comunicaciones radiales locales, sus maniobras de «alabeo» para identificarse no surtieron efecto y su nave fue derribada por el «fuego amigo» de su propia artillería antiaérea en plena noche, hundiéndose para siempre en las frías aguas del Atlántico.
Antes de la misión, en su testamento de albacea, le había dejado un último y hermoso mandato a su esposa: «Que mi querida Liliana se esfuerce por ser feliz, ya que sin duda, se lo transmitirá a nuestros hijos».
«El Patito Matemático» y una casita sin terminar en Temperley

El zarpazo de la guerra también paralizó para siempre la vida de Rubén de Rosa, un entrañable joven que dividía sus días entre el vecino barrio San José y Temperley. A Rubén sus amigos lo apodaban cálidamente «El Patito Matemático», debido a los dolores de cabeza estudiantiles que solía tener con los números exactos.
Los vecinos aseguran que la vida de Rubén giraba sobre cuatro pasiones irrenunciables: su incipiente carrera en la Armada Argentina, las mismísimas matemáticas, su siempre desarmada bicicleta y su amada novia. Sus camaradas lo recordaron con la voz entrecortada: «Acá te vimos salir de franco en los batallones con gran esfuerzo. A veces pensábamos que tenías una fiesta increíble esperándote, pero en realidad, tu interés en salir corriendo era simplemente para arreglar los rayos de tu querida bicicleta».
El sueño dorado de Rubén al finalizar la guerra en 1982 no era buscar gloria. Él quería regresar al sur para clavar las últimas maderas y terminar por fin la casita que estaba construyendo a pulmón junto a su novia; su futuro «nidito de amor» para contraer matrimonio y formar una familia. Lamentablemente, fue uno de los mártires inmortales a bordo del hundimiento del Crucero ARA General Belgrano.
El escozor por su pérdida fue tan inmenso en Temperley histórico que rápidamente el Concejo Deliberante decidió que su historia no podía convertirse en efeméride vacía. La antigua calle Nicaragua de Villa Sastre cambió unánimemente su denominatura oficial: hoy, cada vecino que transita y lee un cartel azul que reza «Rubén de Rosa», está parado sobre el recuerdo vivo de aquel pibe del barrio al que le encantaban las bicicletas y dio todo por su bandera.
Los 14 centinelas de la Plaza Grigera
La historia personal de Gustavo y Rubén es apenas una arista de una herida mucho más honda en el tejido social del municipio. Además de ellos dos, existieron otros 12 jóvenes que, dejando atrás a sus familias, escuelas y pasatiempos en Lomas de Zamora, partieron hacia el sur para no regresar jamás, sumando un total irreversible de 14 héroes lomenses caídos en la Guerra de Malvinas.

Hoy, aunque el transcurrir voraz del tiempo intente sepultar la historia, el distrito se rehúsa profundamente a olvidarlos. En el corazón neurálgico del municipio, alzándose con un inmenso peso histórico frente al histórico edificio de la Municipalidad en el centro de la Plaza Grigera, descansa el «Monumento a los Caídos». Allí, resguardados en rígidas placas de mármol que los familiares acarician año tras año en cada acto de vigilia, brillan tallados para toda la eternidad los 14 nombres exactos de aquellos soldados del distrito que ofrendaron su vida en el Atlántico Sur. Un testamento definitivo de que en Lomas de Zamora, la soberanía se defendió con la piel de nuestra propia gente.