Quisieron robarle a una mujer con el «cuento del tio», haciéndose pasar por la amiga de su hija: «Te acordás de mí»
Las estafas más peligrosas no siempre llegan disfrazadas de violencia. A veces entran al barrio con la misma naturalidad con la que se saluda a un conocido. Eso fue lo que vivió una vecina de Parque Barón, en Lomas de Zamora, cuando alrededor del mediodía una mujer se le acercó con una suavidad casi ensayada. Nada gritaba peligro. De hecho, lo que más desconcertó después de que quisieron robarle, fue justamente eso: lo amable que parecía la mujer al principio.
La mujer la saludó como si viniera de parte de su hija. “¿Te acordás de mí? Soy amiga de ella”, le dijo. Y la vecina, acostumbrada a tratar con gente y a confiar, respondió con sinceridad: su hija tenía tantos amigos de cumpleaños que no la recordaba. Pero la intrusa no dudó. Inventó una urgencia —una operación en Uruguay, un familiar que necesitaba ayuda— y un supuesto encargo: dejarle 8 mil dólares para que se los guardara.
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Mientras hablaban, un auto esperaba en marcha. No se llegó a ver la patente: las cámaras no la tomaron con nitidez. Cuando la vecina estaba por abrir su puerta, la mujer le avisó a su cómplice. El hombre bajó del auto sin apagado previo, como si todo formara parte de una rutina conocida. Incluso pidió “poner el dinero en el horno”, una excusa pensada para alejar a la víctima y ganar tiempo mientras la otra revisaba los cuartos.
En un momento, la vecina vio que la mujer entraba a su habitación. Le frenó el paso con un “ahí no, tengo mis perfumes”, esa frase que mezcla pudor, cuidado y un instinto que se despierta tarde. Y justamente ese instinto fue el que terminó salvándola: cuando los estafadores notaron que había más gente en el patio, se fueron de inmediato. Minutos antes, habían intentado lo mismo a dos cuadras.
La denuncia llevó cuatro horas y dejó pocas respuestas. Lo emocional tardó más: presión alta, temblores, la caída posterior al susto que a veces llega cuando ya pasó todo.
la manipulación de la confianza
Quien mira estos casos desde afuera suele preguntarse: ¿cómo puede ser que una persona caiga en algo así? Lo que pocas veces vemos es lo afinado del método.
Las estafadoras no improvisan. Buscan a personas mayores, preferentemente solas, y entran por la vía más universal: la confianza. Saben que en muchos barrios todavía rige esa lógica de hablar en la vereda, reconocer caras, saludar a quien pasa. Aprovechan esa cultura, no para pertenecer a ella, sino para romperla.

Su estrategia tiene tres momentos:
- La aproximación amigable: saludo cálido, nombre de un supuesto familiar, una historia que parece urgente pero verosímil.
- La desorientación emocional: hablar rápido, mostrar apuro, generar sensación de responsabilidad (“tu hija me mandó”, “necesito dejarte algo”).
- La invasión silenciosa: una excusa para entrar, otra para moverse por la casa, un cómplice que ejecuta en paralelo.
Nada es al azar. Todo está diseñado para que la víctima no tenga tiempo de desconfiar.
A qué deben estar atentos los adultos mayores
La hija de la vecina lo resumió con honestidad: “mi mamá es muy confianzuda”. Pero eso no es una debilidad; es parte de una generación que todavía cree en la palabra. Lo que sí podemos hacer es acompañarlos con herramientas simples.
Algunas señales para alertarse:
- Nadie “manda a alguien” sin avisar antes por teléfono.
- Si aparece un desconocido diciendo que conoce a un hijo, lo primero es llamar a ese hijo.
- Ningún trámite urgente requiere entregar o guardar dinero para terceros.
- No dejar entrar a nadie a la casa, aunque parezca amable o conocido.
- Si hay un auto esperando, especialmente encendido, es una bandera roja.
No se trata de sembrar miedo, sino de fortalecer una precaución básica: la confianza no debe ser automática.
Una conversación que puede prevenir la próxima estafa
Lo que le pasó a esta vecina no es un caso aislado. Hace unos años, la mamá de un amigo de ella vivió algo similar. Y los intentos recientes en la misma zona muestran que estas personas vuelven, prueban, insisten.
Por eso, el mensaje final que deja su hija es claro: hablen con sus padres, con sus abuelos, con los mayores del barrio. No para alarmarlos, sino para que sepan que no están solos, que hay cosas sencillas que pueden hacer para protegerse y que cualquier duda siempre es mejor consultarla.
A veces, prevenir empieza con una charla corta en la mesa de la cocina. Y eso, en barrios como Parque Barón, puede ser más valioso que cualquier cerradura.