Hay un gesto que se volvió rutina. Abrir Instagram. Deslizar. Y encontrarse con un cartel que ya no sorprende, pero duele igual: “cerramos”.
No es una estadística abstracta. Son locales que vemos todos los días. Vidrieras que conocemos. Persiana baja donde ayer había luz. En la zona sur, esa escena dejó de ser excepcional para convertirse en paisaje.
Esta vez le tocó a Manki, una marca de ropa que durante años fue referencia para la clase media. Cerró 6 de sus 7 locales propios, entre ellos el de la pintoresca Lomitas Street. En sus redes lo anunciaron así:
“FIN DE UNA ERA
2016-2026
Llegó el día de anunciar algo muy doloroso para nosotros y todos los amantes de Manki. Después de 10 años de crecimiento y dedicación tenemos que cerrar.
Siempre apostamos a crecer y crecer, pero llegó un momento en que eso nos jugó en contra.
Ya cerramos 6 de nuestros 7 locales propios y seguiremos vendiendo online y en el local de Recoleta a un precio menor al costo hasta liquidar el stock.
Existen posibilidades de que Manki continúe en nuevas manos.
Agradecemos a todas las personas que trabajaron para MANKI, a los tantos mayoristas que confiaron en la marca y principalmente a todos ustedes que nos bancaron y eligieron siempre.
Cerramos esta etapa con orgullo, responsabilidad y muchísimo dolor.
No es un adiós.
Es un hasta luego.”
La marca mantendrá la venta online y su local en Recoleta, liquidando mercadería por debajo del costo hasta agotar stock. También dejaron abierta la posibilidad de continuar en nuevas manos.
El dato es concreto. Diez años de crecimiento. Siete locales. Seis cerrados. Una marca que apostó a expandirse y que ahora reconoce que esa expansión terminó jugando en contra.
Pero el caso no es aislado.
En Lomas hubo protestas por el sorpresivo cierre de la sucursal de Frávega en noviembre. La empresaria y figura pública Marixa Balli anunció el cierre de sus locales en medio de la crisis y definió el período como “el año más difícil”. Y el histórico Plásticos Boedo bajó sus persianas tras casi 60 años de actividad, conmoviendo a vecinos que crecieron comprando allí.
El impacto parece avanzar sobre marcas que tradicionalmente consumía la clase media. No hablamos de lujo. Hablamos de marcas accesibles, conocidas, instaladas.
El sector de indumentaria atraviesa una doble tensión. Por un lado, la competencia feroz con productos importados. Por otro, la competencia entre los propios comercios locales. Proliferan negocios que, en busca de sostener ventas, reducen márgenes al mínimo e intentan compensar con volumen. Vender más, ganar menos por unidad.
El problema es estructural: cuando todos aplican la misma estrategia, el margen se erosiona para todos. Es una carrera hacia abajo. Y como toda carrera hacia abajo, tiene un límite.
La pregunta ya no es si habrá más cierres. La pregunta es cuántos podrán sostenerse cuando el recurso de “vender barato para sobrevivir” se agote. Porque el consumo no es infinito, y los costos tampoco desaparecen.