Desaparece una línea de colectivos que une Once con Lanús: miles de usuarios deberán rearmar su rutina
Cada tarde, en Once, los colectivos avanzan con la paciencia de un jugador de ajedrez, y todavía se ve el 75 salir desde la terminal. Es una escena repetida durante décadas: pasajeros cargados de bolsas, estudiantes con auriculares, trabajadores que vuelven a Lanús después de un día largo. Una rutina que, sin embargo, tiene fecha de vencimiento. Desde este lunes 1° de diciembre de 2025, la Línea 75 de colectivos desaparece por completo.
Lo informó la propia operadora, el Grupo DOTA (El Puente S.A.T.), casi sobre la hora, como quien apaga una luz y deja a todos parpadeando en la oscuridad. La noticia cayó pesada entre los miles de usuarios que, sin mucho margen, ahora deberán rearmar su vida cotidiana.
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La decisión no surgió de un día para el otro. En los últimos meses, la empresa ya había recortado el recorrido, limitándolo al tramo Lanús–Once y dejando afuera su llegada a Retiro. Era, en cierto modo, una señal de que algo se estaba achicando. Pero la suspensión total sorprendió: no sólo por la magnitud, sino por el momento.
Según supo Noticias Argentinas, la medida se tomó mientras sigue en trámite un expediente clave en la Secretaría de Transporte de la Nación. En agosto, la compañía había propuesto fusionar la Línea 75 con la 32. Una jugada que buscaba reorganizar frecuencias y recorridos, pero que aún espera la aprobación oficial. Y en cuestiones de transporte, cada día sin resolución es un día con más incertidumbre en la calle.
Así, diciembre llega con un hueco que nadie sabe todavía cómo se llenará. Porque la suspensión deja a los pasajeros de la 75 sin una conexión directa entre el sur del Conurbano y el corazón bullicioso de Once. No es sólo un recorrido que se corta: es un mapa mental que se desarma, una costumbre que se interrumpe, una pequeña coreografía urbana que de un día para el otro pierde a uno de sus protagonistas.
Un año de silenciosos cierres de ramales
La salida del 75 no es un hecho aislado. En los últimos meses, distintas líneas del Área Metropolitana fueron apagando partes de sus recorridos casi del mismo modo: con avisos breves, papeles pegados en terminales, o simples mensajes que parecían improvisados. Y cada cierre dejó su propio pequeño dilema en la vida diaria de miles de pasajeros.
Hace apenas un mes, el 20 de octubre, la línea 164 suspendió su histórico ramal Once–Monte Grande. La empresa General Tomás Guido comunicó que la medida regirá hasta el 31 de diciembre de 2025. Ese recorrido unía Esteban Echeverría, Lomas de Zamora y Lanús con la Ciudad de Buenos Aires a través del Puente Alsina. Para quienes lo usaban para trabajar, estudiar o hacer trámites en el centro porteño, la interrupción no fue sólo un cambio de ruta: fue un desafío logístico que impactó en tiempos y costos.

Y unos meses antes, en marzo, otro anuncio tomó por sorpresa a los usuarios. La Línea 421, también del Grupo DOTA, apareció un martes con carteles improvisados en su propia terminal avisando que dejaba de funcionar. La comunicación fue tan abrupta como el cierre mismo: papeles pegados en las paradas, avisos dentro de las unidades. Esa línea conectaba Avellaneda y Lomas de Zamora con dos ramales que, de un día para el otro, quedaron fuera del mapa.
Vistas en conjunto, estas suspensiones forman una especie de hilo invisible que recorre el año. Cada una afecta a un barrio distinto, a un municipio distinto, pero todas comparten el mismo patrón silencioso: rutas que se achican, corredores que se desarman, pasajeros que descubren que su viaje habitual ya no existe.
Y quizá ahí está el punto: los cambios en el transporte no sólo modifican recorridos. Redibujan rutinas, tiempos, distancias y expectativas. Lo hacen sin estridencias, pero con un impacto que se siente en cada cuadra caminada de más y en cada combinación que antes no era necesaria. En ese sentido, el cierre de la 75 es apenas el capítulo más reciente de una historia que, a lo largo de este año, se fue escribiendo en voz baja.